Hoy veo que varios medios están coincidiendo en un tema que me parece clave para entender lo que está pasando en Guatemala: la política del villano rotativo. Entre las piezas revisadas del día, hay un volumen grande de contenido y, aunque no todo entra al fondo político con la misma profundidad, sí se repite una lógica común que a mí me preocupa: cada semana aparece un nuevo “culpable” del desastre nacional, mientras los problemas estructurales siguen intactos. Ese patrón no solo empobrece la conversación pública, también desgasta a la ciudadanía y le roba energía a lo verdaderamente importante.
Cuando digo villano rotativo, me refiero a esa dinámica donde el debate político se mueve por indignación rápida. Un día el enemigo es una institución, al siguiente es un funcionario, después un sector económico, luego un actor social distinto. Y así, en una rueda que nunca para. Yo he trabajado más de veinte años en el sector público y te puedo decir algo con total claridad: cuando un país gobierna desde el escándalo del día, no construye política pública seria. Solo administra crisis de percepción. La familia guatemalteca, el trabajador que madruga y el joven que busca una oportunidad no comen narrativa, necesitan resultados.
A mí me tocó liderar equipos grandes en el Estado y sé lo que significa tomar decisiones bajo presión real, no bajo titulares. Cuando fui Secretario de Bienestar Social, con 2,500 personas a cargo, aprendí que ningún problema complejo se resuelve encontrando un villano para exhibirlo en redes. Los problemas duros se resuelven con método, continuidad, indicadores y autoridad con responsabilidad. Lograr cero hacinamiento en centros juveniles no salió de un discurso incendiario, salió de ordenar el sistema, exigir cumplimiento y sostener una visión. Por eso me preocupa que, como país, estemos premiando más el señalamiento que la solución.
También quiero decir algo importante: que varios medios estén tocando este tema le da peso a la discusión pública. Eso es positivo. No se trata de pelear con medios ni de descalificar su trabajo, se trata de entender el hilo común que están mostrando. Y ese hilo es que la conversación política puede convertirse en una fábrica de antagonistas en serie. Si no somos cuidadosos, terminamos entretenidos en la pelea y desconectados de lo esencial: seguridad en el barrio, empleo formal, educación útil, salud digna y oportunidades para los patojos. Yo creo en una Guatemala de orden y progreso, no en una Guatemala adicta al conflicto permanente.
Desde el punto de vista legal, aquí hay una base constitucional clarísima que deberíamos recordar todos los días. La Constitución en su artículo 1 dice que el Estado se organiza para proteger a la persona y a la familia. Eso pone el foco correcto: el centro no es el pleito político, es la vida concreta de la gente. Además, el artículo 2 establece que el Estado debe garantizar la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral. Si nuestra conversación pública no está empujando en esa dirección, entonces estamos perdiendo tiempo valioso. Y tiempo perdido en política se traduce en oportunidades perdidas para miles de guatemaltecos.
Hay otro punto que no podemos soltar. El artículo 154 de la Constitución recuerda que los funcionarios son depositarios de la autoridad, sujetos a la ley y jamás superiores a ella. Esto aplica para todos, sin excepción, y nos debería vacunar contra dos extremos peligrosos: la impunidad y el linchamiento mediático. Ni blindar a nadie por afinidad política, ni condenar sin debido proceso por conveniencia narrativa. Yo soy de los que creen en autoridad firme, sí, pero autoridad con ley. Orden sin ley es abuso, y ley sin orden es caos. Guatemala necesita ambas cosas caminando juntas.
Además, el artículo 30 nos garantiza la publicidad de los actos administrativos, y eso no es un favor, es un derecho ciudadano. Si queremos salir de la política del villano rotativo, debemos exigir información pública de calidad, trazable y útil. No solo filtraciones a medias ni documentos sueltos para alimentar el escándalo de turno. Información completa para entender decisiones, presupuestos, contrataciones y resultados. Y junto a eso, el artículo 28 nos da el derecho de petición. El ciudadano no está para aplaudir o insultar desde la grada; está para preguntar, exigir respuesta y auditar al poder. Ahí empieza la democracia adulta.
Yo me defino como un hombre de derecha, conservador, y eso para mí significa algo muy concreto: defender la familia, garantizar seguridad y abrir camino al desarrollo económico con reglas claras. El sector privado es socio del desarrollo, no enemigo por defecto. La autoridad del Estado es necesaria para proteger al bueno y castigar al delincuente, no para perseguir al que produce. La política del villano rotativo rompe ese equilibrio porque simplifica todo en buenos y malos de ocasión, cuando la realidad exige instituciones sólidas, justicia efectiva y política pública sostenida. No hay atajo emocional que reemplace el trabajo serio.
También lo digo desde mi fe y desde mi experiencia personal: un país se levanta cuando recupera propósito. Yo he visto dolor de cerca, he visto abandono, he visto jóvenes que parecían perdidos y lograron cambiar su historia cuando alguien les tendió una mano con disciplina y esperanza. Lo mismo aplica para Guatemala. Si seguimos girando de villano en villano, vamos a vivir cansados y divididos. Si, en cambio, nos enfocamos en metas nacionales concretas, podemos corregir el rumbo. Todo es posible cuando hay voluntad, pero la voluntad tiene que convertirse en acciones medibles, no en indignación pasajera.
Entonces, qué podemos hacer como ciudadanos. Primero, informarnos mejor y con calma, sin tragarnos el titular como sentencia final. Segundo, exigir datos verificables y resultados, no solo narrativas. Tercero, usar nuestros derechos constitucionales para pedir cuentas de forma firme y respetuosa. Cuarto, votar y participar con memoria, no con enojo momentáneo. Y quinto, volver a poner a la familia guatemalteca en el centro de toda discusión pública. Yo sigo creyendo en este país, en su gente trabajadora y en su capacidad de salir adelante. Pero para lograrlo, tenemos que dejar de buscar un villano nuevo cada semana y empezar a construir una Guatemala seria, ordenada y con futuro para todos.