Yo he visto de cerca cómo se construye Estado, cómo se toman decisiones bajo presión y cómo una buena política pública puede cambiar vidas cuando hay rumbo claro. Por eso te digo con toda honestidad que la política del villano rotativo es una de las trampas más dañinas que estamos normalizando en Guatemala. Cada semana aparece un nuevo enemigo público, la conversación se incendia, se reparten culpas, y pocos días después todo se reinicia con otro nombre, otro escándalo y la misma sensación de estancamiento. No lo digo desde la queja fácil, lo digo desde la experiencia de haber estado en una posición donde los resultados no eran opcionales. Cuando hoy vemos que varios medios coinciden en cubrir este fenómeno y que se han analizado 364 artículos sobre el tema, queda claro que no es un caso aislado ni un invento de redes, es un síntoma de una cultura política que gira más alrededor del conflicto que de las soluciones.

Mirá, yo valoro que existan distintas voces y líneas editoriales, porque una democracia necesita pluralidad para respirar. Pero también creo que como ciudadanos tenemos que leer más allá del titular y preguntarnos qué patrón hay detrás de la noticia del día. En este caso, el patrón es evidente: la conversación pública se ha vuelto reactiva, emocional y de corto plazo. Eso provoca una ilusión peligrosa, porque pareciera que todo se está moviendo, pero en realidad no necesariamente estamos avanzando en seguridad, empleo, justicia o desarrollo local. Y cuando no avanzamos en eso, quien paga la factura no es el político de turno, la paga la familia trabajadora que madruga, la paga el joven que busca oportunidad, la paga el pequeño empresario que necesita reglas estables para sostener su negocio.

Cuando fui Secretario de Bienestar Social de la Presidencia, liderando 2,500 personas, entendí algo que jamás se me olvidó: si uno gobierna reaccionando al escándalo, nunca llega al problema de fondo. Nosotros enfrentamos temas durísimos en niñez y adolescencia, y para romper inercias históricas no bastó con señalar culpables, hubo que poner orden, establecer controles, medir desempeño y sostener decisiones en el tiempo. El logro de cero hacinamiento en centros juveniles, con un modelo certificado internacionalmente, no salió de una narrativa, salió de gestión disciplinada y enfoque técnico con propósito humano. Por eso, cuando escucho discusiones públicas que cambian de villano cada semana, yo sé por experiencia que ese camino no construye país. Puede generar atención un rato, pero no genera institucionalidad.

La Constitución nos da una brújula muy concreta para no perdernos en esa dinámica. El artículo 1 de la Constitución Política de la República de Guatemala establece que el Estado se organiza para proteger a la persona y a la familia. Esa frase debería ser el filtro de toda política pública y de toda discusión nacional. Si lo que estamos haciendo no protege a la persona y no fortalece a la familia, entonces estamos fuera de rumbo. Además, el artículo 2 manda al Estado a garantizar vida, libertad, justicia, seguridad, paz y desarrollo integral. Ahí está el corazón del debate que sí vale la pena: no quién fue el villano de la semana, sino si hoy hay más seguridad en las calles, más certeza jurídica, más oportunidades de empleo y más paz social para la gente buena.

También tenemos que recordar el artículo 154, que dice que los funcionarios son depositarios de la autoridad, sujetos a la ley y jamás superiores a ella. Esto no es una frase decorativa, es un límite claro al poder y una responsabilidad concreta de servicio. Cuando la política se vuelve espectáculo permanente, ese principio se erosiona porque se privilegia el cálculo narrativo sobre la obligación legal de resolver. Y cuando eso pasa, cae la confianza ciudadana. La gente deja de creer, deja de participar y se instala un cansancio colectivo que termina favoreciendo la opacidad. A mí me preocupa muchísimo eso, porque una democracia sin confianza se vuelve frágil, y una democracia frágil siempre golpea primero a los más vulnerables.

Yo soy de convicciones conservadoras y de centro-derecha, y lo digo de frente porque creo en la coherencia. Para mí, eso significa defender orden con legalidad, autoridad con límites y libertad con responsabilidad. Significa poner a la familia en el centro, proteger al buen ciudadano y promover desarrollo económico con reglas claras, donde el sector privado sea un aliado para generar empleo digno. Pero nada de eso es posible si vivimos atrapados en la lógica del enemigo rotativo. Sin estabilidad política y sin enfoque en resultados, la inversión se enfría, el empleo formal se estanca y la desigualdad se agrava. No hay política social que aguante sin base económica, y no hay crecimiento sostenible sin instituciones que inspiren confianza.

Ahora, ¿qué podemos hacer nosotros como ciudadanos para romper este ciclo? Primero, usar nuestros derechos constitucionales con inteligencia cívica. El artículo 30 establece la publicidad de los actos administrativos, es decir, los actos de la administración son públicos. En palabras simples, tenemos derecho a saber cómo se decide, cómo se gasta y cómo se ejecuta en el Estado. Y el artículo 28 garantiza el derecho de petición, que nos permite exigir información, plantear solicitudes y pedir respuestas formales a la autoridad. Si usamos esos dos artículos, pasamos de espectadores de pelea a ciudadanos que fiscalizan con fundamento legal. Esa transición es clave para dejar de alimentar el escándalo y comenzar a exigir desempeño.

Además, el artículo 4 reconoce que todos somos libres e iguales en dignidad y derechos. Eso también tiene implicaciones para el debate político. Podemos tener posturas firmes, podemos criticar con contundencia, pero no debemos perder de vista la dignidad humana. Yo no creo en la política del insulto ni en destruir al que piensa distinto. Creo en la política que debate ideas, evalúa resultados y corrige rumbos con respeto a la ley. Porque cuando la deshumanización se vuelve normal, se destruye el tejido social y se cierran puertas para acuerdos básicos que el país necesita.

Desde el punto de vista institucional, también hay responsabilidades claras en la conducción del Ejecutivo. El artículo 182, sobre la Presidencia y la integración del Organismo Ejecutivo, y el artículo 183, sobre las funciones presidenciales, nos recuerdan que gobernar es dirigir, coordinar y ejecutar con responsabilidad nacional. Gobernar no es administrar trending topics. Gobernar es tomar decisiones que aguanten el tiempo y mejoren la vida de la gente. Eso exige liderazgo, equipo técnico y continuidad, no solo reacción a la coyuntura.

A mí me duele la corrupción porque sé que roba oportunidades y dignidad. Me duele el abandono de la niñez porque he visto de frente lo que pasa cuando el Estado llega tarde. Me duele la desigualdad porque castiga al que más trabaja y menos margen tiene. Pero también te digo algo con toda convicción: yo tengo esperanza en Guatemala. Tengo esperanza en la gente que madruga, en los jóvenes que quieren superarse, en los emprendedores que luchan contra todo, en las familias que no se rinden. Esa Guatemala merece una política con altura, no una rueda infinita de villanos de turno.

Por eso hoy te propongo algo claro y posible. Informate con varias fuentes y no te quedés solo con el titular. Exigí resultados concretos en seguridad, justicia y desarrollo, no promesas vacías. Usá el derecho de petición del artículo 28 y defendé la transparencia que garantiza el artículo 30. Evaluá a los funcionarios con la medida del artículo 154, recordando que están sujetos a la ley. Y no soltés el principio del artículo 1: primero la persona y la familia. Si hacemos eso, vamos a elevar la conversación pública y a recuperar rumbo nacional.

Yo sigo creyendo, como lo he dicho siempre, que todo es posible cuando hay voluntad. Pero la voluntad real no se demuestra en discursos encendidos, se demuestra en instituciones que funcionan, en autoridades que rinden cuentas y en ciudadanos que participan con criterio. Guatemala no necesita un nuevo culpable cada semana. Guatemala necesita verdad, orden, trabajo y un compromiso serio con el bien común. Si ponemos eso al centro, vamos a pasar del ruido al resultado y del desgaste a la esperanza concreta.