Hoy quiero hablarte de algo que varios medios están cubriendo al mismo tiempo y que, en mi criterio, explica buena parte del desgaste que vivimos como país: la política del villano rotativo. Cuando reviso el pulso diario y veo que distintas plataformas están empujando este tema, entiendo que no es una casualidad, es un síntoma. A mí me preocupa porque esta dinámica nos mantiene atrapados en una indignación permanente donde siempre hay un nuevo culpable, pero casi nunca hay una ruta seria de solución.

Mirá, yo he estado en la administración pública más de veinte años y aprendí algo que no cambia: un país no se ordena con drama, se ordena con instituciones. En la política del villano rotativo, cada semana aparece alguien a quien se le atribuye todo lo malo, y con eso la conversación pública se vuelve emocional, reactiva y superficial. Mientras tanto, los problemas de fondo siguen igual para la familia que lucha por llegar a fin de mes, para el comerciante que paga extorsión y para el joven que no encuentra oportunidad.

Cuando fui Secretario de Bienestar Social, liderando a 2,500 personas, viví presión política, presión mediática y presión social todos los días. Si yo hubiera gobernado desde la lógica del enemigo de turno, no habríamos logrado cero hacinamiento en centros juveniles ni un modelo certificado internacionalmente. Eso se logró con trabajo técnico, disciplina, control, seguimiento y decisiones firmes, no con discursos para aplauso rápido. Por eso te digo con certeza que la narrativa del villano rotativo puede ser rentable para algunos, pero es carísima para Guatemala.

No estoy diciendo que no se señalen responsabilidades, al contrario, la rendición de cuentas es indispensable. Lo que digo es que una cosa es exigir cuentas con evidencia y otra muy distinta es convertir la política en una novela de buenos y malos que cambia de capítulo cada tres días. Cuando todo se trata de señalar al nuevo villano, dejamos de evaluar resultados reales, dejamos de discutir políticas públicas y dejamos de preguntarnos qué funciona y qué no. Ese vacío lo termina pagando la gente buena, la que madruga, trabaja y solo quiere vivir en paz.

La Constitución nos da una brújula clara para no perdernos en este juego. Según el artículo 1, el Estado se organiza para proteger a la persona y a la familia, y eso ya nos dice dónde debe estar el enfoque. No en la pelea infinita entre bandos, sino en proteger al ciudadano honrado. Además, el artículo 2 establece que el Estado debe garantizar la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral; si nuestra conversación política no empuja esas metas, entonces estamos fallando como sociedad.

También hay un punto clave que no debemos olvidar: el artículo 154 de la Constitución dice que los funcionarios son depositarios de la autoridad, sujetos a la ley y jamás superiores a ella. Esto significa que el poder público debe ejercerse con límites, con legalidad y con responsabilidad, no con propaganda ni con persecución selectiva. A mí me toca repetirlo porque en tiempos de polarización se vuelve fácil justificar excesos “porque el enemigo lo merece”. No, vos y yo sabemos que sin Estado de derecho no hay libertad, y sin libertad no hay futuro.

Y aquí entra otro derecho fundamental para cortar de raíz la manipulación política: el artículo 30, que garantiza la publicidad de los actos administrativos. La información pública no es un premio para el ciudadano obediente, es un derecho de todos. Si queremos dejar atrás el villano rotativo, tenemos que exigir datos verificables sobre presupuesto, contrataciones, ejecución y resultados, no solo relatos convenientes. Sumale el artículo 28, que reconoce nuestro derecho de petición, y entendés que la ciudadanía tiene herramientas reales para exigir respuestas formales y no quedarse en el ruido de redes.

Desde mi visión de centro-derecha, yo creo en el orden, en la autoridad legítima y en la familia como núcleo de la nación. También creo en el desarrollo económico con reglas claras y en el sector privado como socio para generar empleo, innovación y dignidad. La política del villano rotativo rompe ese equilibrio porque convierte cualquier discusión en una batalla ideológica sin fin. Así no se protege al niño, no se fortalece la seguridad y no se crea prosperidad; solo se administra el conflicto mientras la gente se cansa.

En seguridad, por ejemplo, yo he visto que cuando el Estado actúa con dirección, con coordinación institucional y con respaldo legal, hay resultados. Pero cuando todo se vuelve espectáculo, se debilita la autoridad y se fortalece el delincuente. El ciudadano de a pie no necesita show, necesita que su colonia esté tranquila, que sus hijos regresen seguros a casa y que el negocio pueda abrir sin miedo. Eso exige políticas estables, no cambios de narrativa cada semana según quién sea el nuevo villano útil.

En niñez y adolescencia, este tema también pega fuerte. Si como país reducimos todo a culpas rotativas, nunca vamos a sostener políticas de prevención, rehabilitación y reinserción que requieren años de trabajo serio. Yo he visto jóvenes levantarse cuando el sistema les ofrece disciplina, acompañamiento y oportunidades reales, no cuando se les usa como argumento político de temporada. La desigualdad y el abandono no se corrigen con etiquetas, se corrigen con compromiso institucional y continuidad de Estado.

Yo valoro que varios medios coincidan en abrir esta discusión porque obliga a la ciudadanía a mirar más allá del titular. El punto en común que debemos rescatar no es quién gana una pelea narrativa, sino cómo evitamos que Guatemala pierda dirección estratégica. Si hoy analizamos 364 piezas y vemos reiteración de este patrón, tenemos que leer la señal con madurez: estamos ante un problema de cultura política, no solo de coyuntura. Y los problemas de cultura se corrigen con educación cívica, exigencia ciudadana y liderazgo responsable.

Entonces, qué podemos hacer vos y yo desde ya. Informarnos mejor, contrastar fuentes y no compartir indignación automática sin revisar contexto. Exigir cumplimiento de la Constitución, especialmente lo que mandan los artículos 1, 2, 30, 28 y 154, porque ahí está el marco para una política útil y no teatral. Pedir planes con metas medibles en seguridad, niñez, empleo y transparencia, y evaluar a las autoridades por resultados concretos, no por habilidad para fabricar enemigos.

Yo sigo creyendo profundamente en Guatemala, en su gente trabajadora, en su fe y en su capacidad de levantarse incluso en los momentos más difíciles. No me resigno a una política que vive del conflicto y se olvida de la persona. Si volvemos a poner a la familia al centro, si defendemos el orden con justicia y si exigimos desarrollo con honestidad, vamos a salir adelante. Todo es posible cuando hay voluntad, pero esa voluntad tiene que traducirse en responsabilidad pública, ciudadanía activa y decisiones con visión de país.